Artículo: Nuevo contexto evaluativo. Sistemas de Gestión de la Calidad

¿Que se pone en juego hoy en las escuelas colombianas? ¿Qué aspectos se tienen en cuenta a la hora de evaluar los procesos educativos? Este artículo pretende acercarse a estas preguntas, específicamente a la evaluación que se hace desde los Sistemas de Gestión de la Calidad al interior de las escuelas. 

El concepto de calidad es, en sí mismo, conflictivo. Dependiendo de la óptica desde la que se inscriban los sujetos, así mismo varía su sentido. Es pues, una construcción social que se recontextualiza rápidamente. En este sentido, consideramos que para hablar de calidad se necesita especificar muy claramente el espacio al cual va dirigido el concepto. No es posible trasladar de forma automática un concepto de un campo a otro y esperar que funcione de la misma forma e implique las mismas dinámicas.
Así, es  necesario realizar un análisis profundo de las normas con las que se evalúa la gestión de la calidad en las instituciones educativas actualmente. Al ser trasladadas directamente de la industria, su campo de acción deja de lado las innumerables variables propias de los ámbitos educativos, y se enfocan sólo en el proceso burocrático, en la certificación de pasos que no permiten evaluar si lo puesto en juego en el aula, desde lo pedagógico, promueve o no aprendizajes significativos:

“Desde esta óptica, se construye el concepto de calidad educativa como un concepto objetivo, uniforme. Se asume que la educación es un objeto tangible que se puede apreciar y calificar como un producto terminado y que esta calificación debe alcanzar los estándares propuestos por las políticas, que hacen el papel del modelo a alcanzar.” (Diaz, 2013, p. 181)

¿Es éste, entonces, un modelo de calidad efectivo? Su lógica obedece más a lo mercantil que a lo pedagógico, lo cual tiene implicaciones serias en las prácticas al interior de las aulas:

En primer lugar genera la falsa creencia de que todo el proceso educativo se puede mirar desde una óptica objetiva; es decir, que la educación es un producto tangible que puede ser verificado en cada una de sus fases y responde más a una dinámica de planeación que de interacción.

En segundo lugar, traslada la evaluación de la efectividad del proceso, por decirlo de alguna manera, hacia el cliente: padres de familia y estudiantes; por lo que una educación de calidad es aquella que logra tener contentos a estos actores garantizándoles que todo se hizo conforme al sistema, pero promoviendo la desaparición de la voz del docente. Hay una visión definida hacia la satisfacción del cliente, lo que se denomina Calidad Total. Por tal razón el proceso puede sacrificar el ámbito reflexivo sobre lo pedagógico, lo importante es dar cuenta de una serie de procesos que generen la sensación de tranquilidad y confianza en el sistema.

En tercer lugar, al descartarse lo pedagógico como objeto de análisis, se genera un vacío conceptual que permite certificar cualquier tipo de modelo educativo. Incluso, es posible que al interior de una misma institución hayan diversos métodos de enseñanza, contradictorios incluso entre ellos, pero que el sistema esté certificado porque se cumplen los requisitos en términos de documentación. Esto es sumamente grave pues implica una ambigüedad seria en el mismo discurso y evidencia el enfoque hacia lo comercial que se privilegia desde esta óptica.

Por último, los Sistemas de Gestión de Calidad, se convierten en mecanismos de control y de ejercicio del poder al interior de la escuela. En este sentido, la labor docente se enmarca en sus requerimientos, en sus planificaciones. Ya no hay una voz autorizada fuera del sistema que implique reflexión sobre el proceso de enseñanza y aprendizaje, es el sistema mismo el que legitima el proceso y la intervención, así éste no haya pasado por la óptica de lo pedagógico. En este sentido, se exige un compromiso total para llenar los formatos específicos de los diferentes procesos, para cumplir con los requisitos del sistema y para moldear la práctica misma de acuerdo a una especie de fórmula que garantiza el éxito de la labor. La labor docente, si bien es cierto nunca es totalmente libre en sus actuaciones, se encarcela en un sistema que lo convierte en un mero funcionario.

Por todo lo anterior, se hace necesario ocuparse de estos discursos contemporáneos sobre la calidad. No se puede seguir haciéndoles la venia y aceptando de forma inmediata su propuesta mercantil sobre la escuela. La calidad como objetivo institucional debe pasar por una reflexión amplia que privilegie la reflexión sobre lo que sucede en el aula, sobre los actores que intervienen y los roles que asumen y no debería quedarse relegada a la verificación de requisitos, a la certificación desprovista de visión social de la educación. En definitiva, es de suma importancia ocuparse de este tipo de discursos que desnaturalizan la escuela y la convierten en una fábrica; la objetivizan a tal punto que lo que se destaca es la valoración como mercancía de algo que no se comporta como tal.

2 comentarios:

  1. Muy interesante tu comentario sobre el uso que se da al concepto de calidad en esta perspectiva de gestión y control sobre los procesos educativos. Creo que más allá del análisis de este discurso mercantilista, es necesario profundizar en las implicaciones que éste está teniendo en las prácticas pedagógicas concretas, en especial en los modos de abordar la lectura y la escritura. Se que aquí no podías abordarlo, pero me parece que era necesario mencionarlo si la perspectiva es didáctica.

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  2. De acuerdo con el comentario. Por ahora, este es un primer acercamiento a estos nuevos sistemas evaluativos. La idea es clarificar, primero, qué concepto de calidad se promueve en estos sistemas para poder, luego, examinar las implicaciones que tienen, en términos pedagógicos, en la escuela. Saludos.

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